La Intención es lo Que Cuenta

Blog Temático de Autor para Cálamo&Alquimia®

El pasado transcurrió esperando un futuro que no llega...

Silvia Meave Avila - Periodista y Escritora Mexicana

En algún momento no muy lejano pensé que escribiría una serie de cuentos titulada “La Intención es lo que Cuenta”,  donde cabrían una serie de atrocidades que pasaban por mi cabecita loca mientras miraba los noticiarios de la televisión mexicana, que es donde con la dudosa objetividad de los gacetilleros, se crea y se recrea día a día, en una interminable telenovela gore, la falsa crónica del mundo allá afuera (de nuestro entorno).

Si la televisión fuera la ventana de mi oficina, tendría claro que se vive el apocalipsis en este mismo instante que tecleo y sin embargo yo no voy en tren ni en avión en mi accidentado viaje mental nada personal hacia las entrañas del enigmático reino (perdón, reconozco que hablo de la república democrática) de la virtualidad transnacional.

La Intención es lo que Cuenta

  • Una buena historia con excelentes actores, pero mal ubicada en la geografía de la bajeza humana, lo que la convierte en un filme que lastima moralmente a una comunidad que literalmente se ofreció en espera de algunos ingresos por concepto de turismo, para paliar los daños que había dejado el sismo del 19 de Septiembre 2017: Eso es Chicuarotes (2019), la segunda película de Gael García Bernal como director de escena. Precedido por el prestigio de haberse estrenado en el Festival de Cannes, el largometraje con guión de Augusto Mendoza, egresado del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) y especialista en comedia televisiva, objetivamente resultó un mal pretexto para reunir todos los vicios del lumpen mexicano en un pueblo tradicionalmente agrícola de Xochimilco, una de las alcaldías rurales de la Ciudad de México, la cual, al escribir esta reseña, enfrenta con severidad los embates del COVID19 y la mala reputación causada, involuntariamente (supongo), por Mendoza y García Bernal. Chicuarotes es una producción fílmica muy bien cuidada, técnicamente bien realizada, y la anécdota que detona la trama tiene los elementos para una reflexión profunda en torno a cada uno de los personajes y su entorno de violencia y desesperanza. Sin embargo, lo que queda en la pantalla es la historia de una caterva criminal, por irracional, que no merece la empatía del espectador ni tampoco un colofón redentor. Aunque los fans de Gael García se esfuerzan por comparar Chicuarotes con Los Olvidados (1950) de Luis Buñuel, hay un abismo conceptual entre ambas, porque Gael García se conformó con llevar al cine escenas que, al menos los capitalinos, ven diariamente, como en loop eterno, en televisión y redes sociales. Lo chocante de la película es que los mexicanos avecindados en el sur de la Ciudad de México saben muy bien que la gente de San Gregorio Atlapulco, en Xochimilco, no tiene perfil delincuencial, pues en su mayoría, los habitantes de la zona son campesinos que viven de sus cultivos de hortalizas. Entonces, el espectador capitalino percibe a lo largo de todo el filme una falsificación de una tragedia auténtica. Los personajes en realidad pertenecen a los cinturones de pobreza que rodean a la capital y no a la zona rural: Los Molotecos y los Cagaleras pernoctan principalmente en los límites entre Iztapalapa y Tláhuac, en el antiguo Distrito Federal, y Chalco, Estado de México. Sí, relativamente cerca de San Gregorio; pero no ahí. Pregunté al azar, a gente de ese pueblo xochimilca sobre la película y la ira asomó en sus respuestas. Copiando las estrategias cinematográficas de producción hollywoodense, García Bernal prometió a los habitantes de San Gregorio que colocaría al pueblo en el “radar” internacional; pero ellos se ven ahora como ultrajados, con una etiqueta delincuencial que no les pertenece. Y al escuchar los reclamos de los chicuarotes, un gentilicio que efectivamente se da a la gente originaria de San Gregorio Atlapulco, debido a que desde la época prehispánica se dedicaba a cultivar un chile endémico muy apreciado en otras épocas, pensé de inmediato en Mark Frost, uno de los creadores de la serie policíaca Twin Peaks (1990-1991), quien alguna vez comentó en una entrevista que su serie originalmente se llamaría North Dakota, pero ubicar una historia de alta intensidad dramática en una geografía real sin ser un documental, no funciona porque la gente que vive ahí y se siente retratada veraz o falsamente, por lo común resulta lastimada. Pareciera que al guionista Augusto Mendoza y a García Bernal los atrapó el gentilicio “chicuarote” y trataron de que encajara en el argumento; pero no quisieron trabajar a fondo en eso que los cineastas llaman el tratamiento del guión: Fue más sencillo quedarse en su zona de confort, que transformó mediáticamente a un pueblo rural pacífico en nido de malvivientes, que, en el mejor de los casos, construir su Twin Peaks, por cierto, mucho más válido que sembrar la duda sobre una población entera. En alguna entrevista, Mendoza, quien se curtió en el guionismo escribiendo chistes para Eugenio Derbez (¿?), deslizó que Chicuarotes es humor negro. Sin embargo, nadie que viva en la Ciudad de México, ni por casualidad puede reír por lo que pasa en el filme, porque cada escena es un déjà vu colectivo y, no obstante, al final no se alcanza el alivio de la ansiedad por acabar con la tragedia, los personajes no inspiran la compasión del espectador y, en cambio, el odio inconsciente contra los desposeídos se amplifica. 👣 Si disfrutas los contenidos periodísticos gratuitos publicados aquí, te invitamos a ayudarnos a mantener este espacio independiente auspiciado por Cálamo&Alquimia® Revista de Cultura y Sociedad de las Americas, y a expandir los programas no lucrativos de Arte y Cultura de Wings of Love, Inc. para nuestra región.

  • Comunicólogos Comunicación Medios Periodismo

    MÉXICO.- Alguien sin mucho que hacer inventó el Día del Comunicólogo, de cuyo origen no tengo la menor idea; si es sólo una conmemoración local en México o cuál es su objetivo: Simplemente no hay información fidedigna al respecto, aunque el tema fue tendencia en Twitter este 12 de Mayo 2017. La efeméride me resultó intrascendente hasta que leí una nota del diario UnoMásUno que pretende reivindicar lo que — según el anónimo autor — es una profesión incomprendida y vilipendiada. Independientemente de que la nota sea un trabajo periodístico pobre, a pesar de la veta que tiene el tema, e ignorando que todo apunta a que el autor del texto NO estudió Ciencias de la Comunicación, porque centra la idea del desarrollo profesional del “comunicólogo” en la publicidad, me di cuenta de que si un presunto “periodista” mexicano (mal redactor) no tuvo a bien hurgar en lo que implica la labor de los científicos de la comunicación, entonces la base de la democracia participativa en el país (profesionales de la comunicación) está en un pozo profundo y sus integrantes (comunicólogos y comunicadores, todos juntos) no podrán contribuir a que México salga del proceso de descomposición que vive como nación independiente. Desde luego, aunque en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde se fundó la carrera de Ciencias de la Comunicación hace poco más de 40 años, hay una convergencia natural entre la base teórica de la comunicación social, la ciencia política y el periodismo, hay instituciones educativas que marcan una clara división entre la “comunicología” (término cacofónico, pero funcional), el periodismo, la publicidad, la mercadotecnia o marketing, los estudios sobre Opinión Pública, la comunicación organizacional y la comunicación política, e incluso el arte como estructura de comunicación colectiva, por citar algunas ramas de estudio y aplicación de las Ciencias de la Comunicación. Sin embargo, no por el hecho de que se promueva la especialización profesional, quienes estudiamos la carrera podemos dejar de lado la esencia de la ciencia comunicacional en la construcción de identidades sociales, nacionales e incluso transnacionales, como ocurre actualmente en Norteamérica. Entre chanzas tuiteras y notas informativas de felicitación entre “colegas”, yo me tomé un tiempo para hacer un rápido, pero no superficial, análisis de contenido de los procesos de comunicación de los presuntos profesionales (no me consta que todos los que estaban en Twitter promocionándose como comunicólogos lo sean) que saturan la red sociopolítica por excelencia de la Internet. Establecí de manera inevitable las diferencias de conceptualización de las profesiones vinculadas a la Comunicación Social, que hay entre los festivos comunicólogos mexicanos y sus (mis, nuestros) cofrades estadounidenses, doctos en la ciencia de comerle el coco al mundo, como diría un puntilloso periodista español. Según datos de la UNAM, en el ciclo 2015-2016, hubo poco más de nueve mil aspirantes a ingresar a la carrera de Ciencias de la Comunicación, pero sólo el 20 por ciento, poco menos de dos mil jóvenes, tuvo acceso a la licenciatura; y de ese universo, según estimaciones de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social del gobierno federal mexicano, apenas el 10 o 15 por ciento de quienes sí concluyan la carrera, encontrarán un puesto de trabajo relacionado con la Comunicación Social. La Internet ha venido a darle un respiro a quienes estudiaron Ciencias de la Comunicación en México y no les resultaba fácil encontrar un lugar en los grandes medios o en agencias de publicidad, refugios tradicionales y, a veces, aspiracionales de quienes, por lo general, huyen de las matemáticas. Los blogueros y vlogueros abundan entre estudiantes y egresados mexicanos de la carrera de Ciencias de la Comunicación, aunque su labor, a veces arriesgada y otras insulsa, no siempre cumple con su función, desde el punto de vista comunicológico. Algunos más apocados se han convertido en trolls y administradores de legiones en las llamadas redes sociales: el equivalente online a los acarreados y porros de la vida política mexicana postrevolucionaria. Sólo unos cuantos comunicólogos reconocidos por su capacidad profesional han escalado posiciones en la vida política o empresarial de México, en contraste con lo que ocurre en los Estados Unidos, ese socio económico y rival político que ejerce diariamente su poder imperialista a través de una sofisticada estrategia de comunicación social que permea todas las actividades de la vida nacional mexicana. Y pienso en este momento en cómo los estrategas estadounidenses de la comunicación social articulan su trabajo desde diferentes trincheras, para implantar nuevas formas de pensar en los mexicanos, lo mismo mediante películas culturalmente incluyentes (Coco, Dir. Lee Unkrich, 2017) o vía mensajes subliminales mucho más elaborados que forman parte del repertorio discursivo de los llamados líderes de opinión prefabricados, hoy rídiculamente denominados influencers o en el mejor de los casos, influyentes, para enfatizar sarcásticamente la dominación intelectual del neoconquistador. Del otro lado del río, en este sur ensangrentado por una guerra que nunca ha sido de los mexicanos, en cambio, a lo más que se llega es a la treta informativa, a las campañas institucionales anodinas y a las pifias de chivos expiatorios que escriben boletines con faltas de ortografía y hablan un castellano chabacano. Después de aquel discurso, en 1994, que en cierto modo costó la vida a Luis Donaldo Colosio, fallido candidato priísta a la presidencia de la república, no se ha vuelto a elaborar un trabajo comunicológico que permita reconstruir el imaginario colectivo que evitaría la desagregación sociocultural del pueblo mexicano. Los comunicólogos no se han hecho presentes tampoco en los círculos empresariales, los partidos políticos ni las organizaciones no gubernamentales, más allá de campañas publicitarias rudimentarias y encuestas a modo que no agitan emociones ni conciencias hacia ningún lado. Tal vez por eso, tuitear a veces se convierte en un acto de suicidio político o mediático. Quizá el futuro de los comunicólogos en México será el mismo que han vivido las últimas cinco generaciones de egresados de la carrera: De chistes amargos, quejas y desempleo en el mar de oportunidades que brinda la sociedad global de la información. Por cierto: Estudié […]

  •  +CálamoyAlquimia Revista | +Silvia Meave  “I will not disgrace my religion, my people or myself by becoming a tool to enslave those who are fighting for their own justice, freedom and equality….”Muhammad Ali La penosa muerte anunciada del polémico ex campeón de box estadounidense Muhammad Ali, né Cassius Marcellus Clay Jr, por el mal de Parkinson con el que vivió tres décadas como secuela de su carrera en el cuadrilátero, me llevó a hurgar en su motivación para volverse musulmán y cambiar de nombre. Recordé que siendo niña oí en una conversación de sobremesa en la casa de mi abuelo, aficionado al box, que el peleador había cambiado su identidad para no combatir en la guerra de Vietnam.Aunque aparentemente la conversión de Cassius Clay al Islam no tuvo ese propósito, la historia oficial refiere que en 1967 el boxeador nacido en Kentucky sí invocó razones religiosas para no ser enrolado en el ejército, el trasfondo de esas razones era una firme posición social, política y económica frente al establishment.Apenas tres años antes se había cambiado de nombre al convertirse en musulmán bajo los principios de una (valga la expresión) oscura organización de activismo racial denominada Nación del Islam.Cassius Clay había sido bautizado así por su padre para honrar a un abolicionista de la esclavitud de los Estados Unidos que vivió en el siglo diecinueve. Sin embargo, Cassius, luego de conocer al activista Malcolm X, en esa época uno de los principales líderes de la Nación del Islam, se convirtió en Muhammad Ali.Durante un corto tiempo, desde el púlpito de su fama, Muhammad Ali promovió públicamente el racismo y el odio contra los blancos de los también llamados “negros musulmanes” cuya acción, indirecta y paradójicamente, propició la integración de la comunidad afroamericana a la vida democrática de la Unión Americana.Empero, Ali, al igual que su mentor Malcolm X, encontró que la Nación del Islam, organización religiosa supremacista negra fundada en los años treintas del siglo pasado, era menos musulmana que violenta y fascistoide; y por lo tanto Ali supo que el camino en la defensa de los derechos civiles de la gente de color no era la confrontación ni el chauvinismo racial.Después del asesinato de Malcolm X, presuntamente perpetrado por miembros de la Nación del Islam que lo consideraron traidor por cuestionar el caracter supremacista de la organización y su desapego total a la base coránica, Muhammad Ali, cual héroe mítico en periplo, construyó su destino retando al sueño americano de la postguerra de única manera que podía hacerlo: Con su lúcida inteligencia (que según datos oficiales sólo llegaba a un IQ de 78 ¡¿?!) y el poder que como líder de opinión le dio su habilidad física para divertir a los “blancos sedientos de sangre”.A pesar de haber iniciado su activismo social del lado de los supremacistas negros, Muhammad Ali pavimentó el camino de la comunidad afroamericana, con logros personales arrancados a un sistema sociopolítico que al castigar su indisciplina le dio de modo irónico la libertad.Muhammad Ali no fue a la guerra de Vietnam y habló de justicia para todos los que no eran (no son) blancos, si bien hoy día los redactores de la Wikipedia intentan darle un sesgo fundamentalista islámico — muy adecuado para el establishment contemporáneo, al poner en sus labios un discurso religioso que, según fuentes periodísticas más fidedignas nunca se dio.Lo único que consta en grabaciones es que Muhammad Ali dijo que no iría a la guerra porque no quería ser instrumento para esclavizar a quienes luchan por su propia justicia, libertad e igualdad. Entonces fue despojado de sus títulos de boxeo y de mucho dinero inventado por el hombre blanco que él ganaba partiéndose la cara con otros iguales que él, y que le costó su salud física. Al apelar una condena carcelaria de cinco años, Ali no pisó la cárcel; pero se volvió un orador muy solicitado cuando la oposición social contra la guerra en Vietnam y el movimiento pro Derechos Civiles cobraron intensa fuerza política.Como activista, Muhammad Ali viró, al igual que su mentor Malcolm X, del violento supremacismo de la Nación del Islam al discurso de paz de la doctrina musulmana tradicional y finalmente se integró al Sufismo, reconocido como el lado místico del Islam.Muhammad Ali puede incluirse en la lista de luchadores sociales como Gandhi y Nelson Mandela, que optó, hace casi medio siglo, por una (mal) llamada “desobediencia civil” pacífica, que sustentada en la legalidad, tiene el poder de derrotar a la sinrazón del establishment.Hoy, la elegía funeraria de Muhammad Ali en los medios de comunicación enfatiza que fue el único tricampeón de los pesos pesados en la historia del box internacional. En realidad, es imprescindible revisitar y analizar su legado al activismo social. Fue él solo, con su voz y la ley en la mano, que abrió brecha a la justicia, no únicamente para los negros estadounidenses, sino también para todos los pueblos oprimidos por la supremacía del dinero y el racismo.Como ocurre con todas las muertes, lo anecdótico en la de Muhammad Ali es que murió en la víspera del inicio del Ramadan, el mes sagrado de los musulmanes. Según el Corán, él, a estas horas y por sus buenas acciones en favor de la sociedad, tendría que estar en un paraíso con odaliscas y música fenomenal. ¿Será?  <<>>ENLACES RECOMENDADOS:Dave Zirin. Don’t remember Muhammad Ali as a sanctified sports hero. He was a powerful, dangerous political force. Los Angeles Times. Jun 4, 2016.Muhammad Ali (sitio oficial)Muhammad Ali (Fotos oficiales)www.silviameave.net 

  • Por si estaban preocupados: Diputados mexicanos aclaran que reforma política del Distrito Federal no es su transformación en un estado o entidad federativa, sólo será una “demarcación territorial” sui generis (diputada Cecilia Soto dixit) con un mayor número de burócratas. Por lo pronto, la Asamblea “Constituyente” de la próximamente llamada Ciudad de México (CDMX) tendrá 40 por ciento de “diputados” designados por dedazo desde Senado, Presidencia de la República y el Gobierno del DF. Los habitantes de las delegaciones capitalinas no deben aspirar ni en sueños a ser parte de algún municipio autónomo, que es la entidad administrativa básica de una república democrática. Según la etimología latina, el concepto contemporáneo de municipio se remite al municipium romano, que era una ciudad libre que se gobernaba por sus propias leyes, aunque estaba asociada a la estructura política del imperio romano y que fue adoptado más tarde por el sistema republicano. El artículo 115 de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, correspondiente el título Quinto “De los Estados de la Federación y del Distrito Federal” establece que: Los estados adoptarán, para su régimen interior, la forma de gobierno republicano, representativo,democrático, laico y popular, teniendo como base de su división territorial y de su organización política y administrativa, el municipio libre (…) Dicho de otro modo, sin municipio libre, no hay base para una organización estatal que pretenda ser representativa y, por ende, democrática. Y por consiguiente, los habitantes del hoy agónico Distrito Federal, y capital más poblada de América Latina, seguirán (seguiremos) siendo ciudadanos de segunda categoría en el concierto democrático de la Globalización, con un costo estimado por algunas fuentes periodísticas, del 15 por ciento del presupuesto destinado al funcionamiento anual de las actuales delegaciones políticas. Se puede anticipar así que por cambiar de nominación, los habitantes de la capital mexicana podrán ver un mayor deterioro de la ya cuestionada calidad de algunos servicios básicos públicos como el asfaltado de las calles, menos luminarias, menos agua, menos camiones de basura, menos patrullas de policía, menos transporte público; pero más “representantes” en un Congreso que pudiera entretenerse en todo el año, durante todo un sexenio en la elaboración de reglamentos y leyes que — de modo particular en la capital del país — nacen muertos invariablemente a causa de la inercia del caótico modus vivendi urbano derivado de la corrupción y la ausencia de autoridad micro-regional. Dirían en mi pueblo que la reforma política del Distrito Federal es la misma gata, pero revolcada. El gatopardismo es la especialidad de la alta burocracia mexicana y después de casi dos décadas del intento de consolidar una auténtica democracia participativa, la capital se convertirá en un hoyo negro político y administrativo. www.silviameave.net

  • Blackstar as his “parting gift”.   Bowie had made his death – as he did his life – “a work of art”. Tony Visconti, Productor David Bowie se convertía en una estrella oscura mientras yo oía por primera vez su álbum recién estrenado, llamado Blackstar. El título me sugería algo intenso e innovador como todo lo que hizo Bowie, né David Robert Jones, a lo largo de su larga carrera artística que comenzó en los sesentas del siglo pasado. Escuché la canción que da título al álbum con la mente abierta; pero no me gustó. Me gustan las disonancias musicales; pero Blackstar me pareció estridente y perturbadora. La voz cascada de Bowie evidenciaba su declive personal y no reconocí en la canción al experimentado artista. El estribillo “I’m a blackstar” me remitió a los malos experimentos musicales de mis amigos adolescentes post-punketos de los ochentas. Al término de los casi diez minutos que dura la canción, detuve mi audioplayer, comenté mi punto de vista en Twitter y regresé a oír las siguientes canciones que conforman la grabación. Todas las demás me parecieron muy buenas, aunque el aire melancólico que emanan me situaba de manera reiterada en un pasado musical que no puede repetirse. “Si la música oliera, el álbum de Bowie despide un aroma a naftalina”, pensé. Y no había acabado con mi idea, cuando recibí una alerta de noticia de último minuto del Los Angeles Times que informaba del fallecimiento de Bowie. Juro que por un segundo creí que el tiempo era una anomalía onírica. A esas horas de la noche dudé si estaba despierta o dormida. Si lo que estaba leyendo era cierto, si había viajado al futuro, pues la presentación de Blackstar había sido dos días atrás… ¿O había sucedido meses antes? No podía ser que en el lapso de siete canciones, una de mis vacas sagradas de la creatividad artística hubiera dejado de existir físicamente. Por un instante me sentí muy mal por haber sido tan dura en mi apreciación de la canción de la estrella negra u obscura. Sólo en ese momento entendí que el álbum era el réquiem del genial David Bowie, que al interpretar las canciones ciertamente era una estrella que se estaba apagando y había hecho — quizá — su máximo esfuerzo para emitir su última luz. Empecé a buscar toda la información posible sobre los últimos años de Bowie, esos que quedan como silencio necesario entre grabaciones de los músicos y que nosotros los fans imaginamos de descanso creativo; así que encontré que él fue de esa gente a la que llaman “guerreros de la vida” (un terminajo que ya aprendí por oírlo constantemente en los hospitales donde, por azares del destino, he sido espectadora del sufrimiento humano en su grado máximo). Sólo entonces la disonancia de Blackstar — la canción; pero también el álbum — cobró sentido para mí y el maravilloso trabajo de David Bowie tomó su lugar en mi oído y en mi mente. Blackstar es el drama de quien aún bordeando la muerte, la asume, como dijo el productor Tony Visconti, a manera de un trabajo artístico. No podía ser de otro modo para David Bowie. Y su obra musical, casi póstuma, cobra mucho más dramatismo y más fuerza, con los videos que la acompañan, y que transpiran la agonía del extraordinario y multifacético artista británico. Blackstar se vuelve así la despedida planeada, el grito de una mente lúcida encerrada en un cuerpo en desintegración, que no se derrotó ni en el último momento. Bowie decidió cómo cerrar su fructífero ciclo en este mundo. Y definitivamente, Blackstar es un álbum hermoso, aunque doloroso en la angustia que trasluce, porque ahí está la esencia de Bowie, el ser de las estrellas que, en Lazarus se abre para decir: “Everybody knows me now”. Por supuesto, Blackstar no es un álbum para oír en el automóvil ni en un reventón ligero. Hay que relajarse y escucharlo atentamente y en silencio para sorprenderse aún más de la voluntad artística de Bowie. Ahora sé que mi rechazo de primera instancia a la canción Blackstar era un rechazo inconsciente al mensaje de despedida de Bowie, porque de repente creí que regresaba. Logró conmoverme; entonces ES — siempre lo será — un verdadero maestro del arte y la creación. 👣

Si la televisión fuera la ventana de mi recámara, entendería que lo único que nos redime a los súbditos de la telecracia y su caótico infiernito es la intención de los protagonistas de los sucesivos sketches “informativos”, de salvar al planeta desde un escritorio hecho de maderas exoticas en vías de extinción y apoltronados en suaves sillones de la piel curtida con el sudor del de enfrente.

Oigo reiteradamente, desde que era niña, que México es un país con futuro, que el futuro es nuestro y hoy trabajamos para las generaciones futuras. El pasado transcurrió esperando el futuro donde se administraría la abundancia y los gringos reconocerían a los mexicanos como ciudadanos de primer mundo. Los gobernantes no nos contaron lo que realmente hicieron, sino lo que planeaban hacer, nos prometieron en technicolor y luego en transmisión digital, que algún día todo cambiará y en alguna vida próxima nos tocará ver los frutos de nuestro sacrificio presente y si no es así, entenderemos que la intención es lo que cuenta.

Por todo eso y en honor a los prohombres de la historia futura yo coadyuvo a la consolidación de la patria virtual y transnacional, haciendo aquí mi modesta contribución en la creación de una nueva visión de la era contemporánea y, total, si no pasara nada y si nadie lo lee jamás y nadie se acuerda que yo existí, pues la intención es lo que cuenta.  ¡Qué!... ¿no?  ♥♥♥

Texto publicado originalmente en 2007
Última Actualización: 3 de Abril 2021