El Estado es la TV

Cálamo&Alquimia Revista | Silvia Meave

Si los emprendimientos que ganaron el reality show mediático llamado “Iniciativa México” realmente merecían el premio o no, es irrelevante. Televisa demostró que tiene el poder y los recursos para comprometer a un presidente de la República en la entrega futura de partidas de programas sociales del erario público para un concurso que careció de reglas claras y transparencia, cuyo eje evidente era la evasión de impuestos disfrazada de compromiso social, si no es que el lavado de dinero.

Resulta inquietante observar que en un contexto de instituciones de Estado debilitadas, una empresa de medios electrónicos que libra su batalla particular por extender sus tentáculos a sectores clave del desarrollo (telecomunicaciones y electricidad) tuvo la capacidad de meter en el mismo saco a las personalidades más respetables del país, como el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y a “celebridades” de dudosa reputación porque negarse a participar en el juego, más allá de incorrecciones políticas, podría haber sido una pésima estrategia de sobrevivencia.

Sun Tzu se ha de haber retorcido en su tumba de que el poder político se sometiera a los designios del poder económico de facto: Un líder evita las ciudades amuralladas del adversario y pelear en su territorio porque las probabilidades de sucumbir y volverse prisionero son mayores… En la Iniciativa México, todos entraron como borreguitos a las fauces del lobo en el territorio de Televisa. Y es que si bien se supone que el concurso era patrocinado por casi todos los medios de comunicación afiliados a la Cámara de la Industria de la Radio y Televisión; pero según los términos de participación en el concurso, que eran una suerte de contrato unilateral que era obligatorio aceptar para entrar al sitio web donde empezó el espectáculo, los concursantes reconocían a Televisa como su patrón para efectos de promoción de los emprendimientos que serían elegidos para competir por los premios.

El “contrato” original refería que los participantes del concurso debían presentar propuestas que no tuvieran o hubiesen tenido apoyos de ningún tipo y que habría tres ganadores que recibirían respectivamente tres, dos y un millón de pesos. Hasta ahí todo entraba dentro de lo coherente, aunque por recibir esa cantidad de dinero, los ganadores cedían la administración de derechos de sus proyectos a Televisa. Esto significaba, según los términos, que la empresa manejaría también la administración fiscal de cada proyecto premiado, el cual se integraría a los pasivos de la empresa.

Los ganadores del concurso, si es que queda algo del “contrato” aceptado al registrarse en el sitio web del mismo, entregaban también a Televisa el derecho de usufructuar su rostro, su nombre, el nombre del proyecto y todas las imágenes (fijas y de video) que se generaran a partir de que fueran seleccionados en las semi-finales. Curiosamente, el énfasis que se hizo en el registro de los proyectos no se hizo en lo obvio de estos casos: un plan de negocios, sino en que los concursantes enviaran fotografías suyas y del entorno en el que se desarrollaría el proyecto. El nombre del proyecto debía tener impacto mediático también, para competir ventajosamente.

Después de eso, empezó la farsa. Había más de 47 mil registros que presuntamente votaría el público en la web, lo que permitiría la acumulación de puntos para definir a los semifinalistas. Aparentemente, el show en la web no tuvo el rating esperado ni el perfil que deseaban los organizadores. El diseño del sitio web no se prestaba para que el público explorara las iniciativas. No había información de lo que cada concursante pretendía hacer y sólo se rotaban en la página de inicio los proyectos que habían enviado fotografías profesionales.

Peor aún, de pronto resultó evidente que los proyectos que tenían el apoyo de gobiernos o grandes empresas empezaban a acumular puntos porque aventajaban la votación, al estilo “reina de carnaval”, gracias a sus empleados y proveedores, quienes sin duda se vieron obligados a votar.

Algunos participantes se quejaron de la mecánica del concurso en mensajes que publicaban en la página de la Iniciativa México en Facebook y los organizadores borraron las votaciones una y otra vez, no sin apropiarse de datos personales y direcciones de correo electrónico de las personas que apoyaban a los concursantes; pues no se podía emitir voto alguno si no se daba santo y seña que a estas horas debe estar vendiéndose en Tepito junto con las bases de datos del registro electoral y de los usuarios de telefonía celular.

Al cabo de unas tres semanas, vino el acto de magia: Los semifinalistas que -sin explicación alguna por parte de los organizadores a los concursantes- fueron presuntamente designados por gente de Ashoka, una organización global, prestigiosa impulsora de emprendimientos sociales. Si Televisa sólo utilizó el nombre de la organización, como evidentemente lo hizo con los nombres de personalidades que fungieron (¿o fingieron?) como miembros de un fantasmal “Consejo Técnico”: el rector de la UNAM, José Narro Robles; la directora del Instituto Politécnico Nacional (IPN), Yoloxóchitl Bustamante Diez; el ex secretario de Salud, Juan Ramón de la Fuente, la eminente investigadora del Instituto de Astronomía de la UNAM, Julieta Fierro o los escritores Héctor Aguilar Camín y Homero Aridjis, eso sólo lo saben quienes estuvieron dentro del espectáculo mediático.

Salvo un par de emails sin sustancia, agradeciendo el registro de los participantes, no hubo ningún contacto entre organizadores y concursantes. Jamás hubo una evaluación de cada proyecto registrado y ni soñar que cada concursante pudiera explicar de viva voz frente algún representante de la empresa cómo pretendía echar a andar su idea (si no estaba aún desarrollada).

Lo que siguió después fue un cambio en las reglas del juego, como si fuera la telenovela de mayor audiencia, y en lugar de que se posicionaran emprendimientos empresariales auténticos, Televisa retomó su especialidad: el fomento a la falsa filantropía y el énfasis de las virtudes de los desvalidos, de esos “jodidos” de los que han vivido los Azcárraga toda su vida.

Al margen de toda triquiñuela, quedó patente con la Iniciativa México que el gran empresariado mexicano, con su mentalidad medieval y devotamente cristiana, sigue creyendo que la limosna a los pobres los redimirá de sus acciones. Por eso no hubo entre los proyectos premiados ninguna iniciativa que fortaleciera el microemprendimiento creativo, la generación de empleos bien remunerados o, al menos, el germen de una innovación que intente salvar a la humanidad de la autodestrucción. Por eso, México (y paradójicamente, sus empresarios también) está condenado a la desaparición por inanición creativa e irresponsabilidad social. <<>>